Bella

Estándar

Estábamos todos reunidos como siempre en una peña, habían más o menos unas 30 personas entre miembros de la familia y amistades. Nuestra mesa quedaba justo al frente de la mesa donde se encontraba Z , sus padres, sus hermanas y su novio. Hacia unos meses mi prima había conocido a un mercantilista Griego y esta noche estaban celebrando su fiesta de compromiso.

Discretamente mi mirada se poso en el novio de Z, un hombre de unos 50 años, de cabello canoso y rostro afable. La felicidad emanaba por sus poros, era evidente. Había conseguido formalizar su compromiso con una muchacha 25 años menor que el y además increíblemente atractiva.  Z llevaba un vestido blanco sin hombros, escotado y ceñido, acentuando su esbelta figura a la perfección. Indudablemente, Z era una mujer bella, su cabello oscuro caia en forma sensual sobre sus pechos y su piel bronceada hacia contraste con el color de su vestido.  Tenia una sonrisa contagiosa y al verla celebrando con su novio, me pareció que quizás eran felices. A pesar de la diferencia de culturas, idiosincrasias y edades, se les veía bien, hacían buena pareja.

Esa noche  de fiesta fue la ultima vez  que vi a Z.   Con el paso del tiempo, y debido a  que ambas tomamos diferentes rumbos geográficos, nos distanciamos. Años mas tarde me entere que estaba en Europa, viviendo en Grecia con un muchacho griego, precisamente el sobrino de su marido, ya que Z llego a casarse y tener dos hijos varones con el hombre de cabello canoso. Dicen que  al conocer a este chico se enamoro perdidamente de el, dejo al marido, dejo los hijos, dejo su país y se marcho a Grecia con su nuevo amor.

Nuevo amor? Quizas primer amor, no lo se. Lo que si se es que ese sentimiento fue lo suficientemente fuerte para empujarla a dejar tantas cosas importantes en su vida.  Tuvo que ser difícil, poner en una balanza la felicidad de otros y la felicidad propia, y escoger.   Pasaron unos años mas y la vida otra vez dio un vuelco para Z, pero esta vez fue un vuelco fatal. Los doctores le diagnosticaron cáncer, cáncer incurable, cáncer terminal. Z se vio obligada a volver a su país de origen, a morir.  Han pasado 15 años desde esa noche donde celebrabamos en el distrito de Barranco,  una fiesta de compromiso y no puedo evitar recordar con nostalgia esa bella morena de 25 años, con la sonrisa mágica en los labios.

Me pongo a pensar, vaya…no tenemos nada comprado, no hay garantías en este mundo. En un abrir y cerrar de ojos, todo se acaba.

No se exactamente los pormenores de la vida de Z, se que vivió una vida intensa y que conoció el amor. Se que cuando murió, no estaba sola, estaba con el. Vivió increíblemente feliz, pero egoistamente?  Hubiera echo lo mismo si me hubiera encontrado en su piel?  No lo se, no soy quien, ni deseo opinar.

Lo que si veo con la misma claridad que la transparencia del agua, es que cada minuto que vivo es un minuto que ya no vuelve. No voy a perderme momentos de felicidad, renegando, quejándome, no apreciando lo que tengo, deseando lo que no tengo, porque el sufrimiento ya está allí, al acecho, esperando que me tropiece y caiga.  Voy a contrarrestar la infelicidad soltando las cadenas que quieren oprimirme, desechando las ideas que me impiden avanzar, evitando la negatividad que  no me deja respirar.  Voy a seguir enamorandome, riendo a carcajadas, entregando mi cariño a quien lo quiera …

Voy a seguir intentando ser cada vez mejor persona que el día anterior…aunque cueste…

“Deja que pasemos sin miedo”

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